
Una semana en la Galicia rural, entre amigos, manzanos, fiestas, pulpo, orquestas y personas que todavía saben que la vida se disfruta sin prisas
Hay viajes que uno hace con una maleta y otros que uno hace con el corazón. Y hay lugares a los que uno llega pensando que simplemente va a pasar unos días y de los que termina marchándose con la sensación de haber descubierto algo que creía perdido.
Eso es, precisamente, lo que me ha ocurrido esta semana en Galicia.
Mi viaje comenzó mucho antes de pisar estas tierras. En una de esas conversaciones tranquilas que uno mantiene tomando una cerveza con un viejo amigo de la infancia, Manuel Sixto, propietario, junto a su hermano, del mítico Bar Los Gallegos de San Fernando, una auténtica institución de La Isla, heredada de su padre, surgió la invitación.
—¿Por qué no te vienes unos días conmigo a Galicia y luego regresamos juntos en coche?
Dicho y hecho.
El pasado día 22 tomé un avión desde Jerez con destino a Santiago de Compostela. Y aquella llegada fue ya, de alguna manera, el comienzo de una semana que terminaría siendo mucho más que un simple viaje.
Porque decidí quedarme esa primera noche en Santiago. Y si hay algo que uno no puede hacer cuando llega a Galicia es pasar de puntillas por su gastronomía. Así que me concedí un pequeño homenaje: marisco, naturalmente. Un auténtico festín marinero para darle la bienvenida a esta tierra como se merece.
Pero también quise disfrutar de Santiago. Pasear por sus calles, respirar su ambiente, dejarme envolver por esa mezcla tan particular de historia, piedra, peregrinos, plazas y vida que convierte a la capital gallega en una ciudad absolutamente especial.
Fue apenas una noche, pero suficiente para saborear Santiago sin prisas, como ya empezaba a anunciar lo que me esperaba en los días siguientes.
A la mañana siguiente, domingo, dejé Santiago atrás y emprendí camino hacia A Estrada. Allí me esperaba Víctor, marido de Sonia, la hija de Manolo. Y desde el primer momento se convirtió en mucho más que mi anfitrión: fue mi guía, mi compañero de viaje y una de esas personas que hacen que uno se sienta cómodo desde el primer minuto.
Víctor me llevó hasta Agar, una pequeña parroquia del municipio de A Estrada, en la provincia de Pontevedra.
Y allí comenzó realmente mi inmersión en la Galicia rural.
Y desde entonces, esta semana ha sido un regalo.
Porque aquí, en Agar, he descubierto algo que en las ciudades parece haberse convertido en un auténtico lujo: el tiempo.
El tiempo para conversar.
El tiempo para mirar.
El tiempo para escuchar.
El tiempo, incluso, para no hacer absolutamente nada.
Y qué maravilloso puede ser no hacer nada cuando uno ha pasado media vida haciendo cosas.
Cuando el reloj deja de mandar
Agar pertenece a ese universo rural gallego donde el paisaje todavía conserva una autenticidad extraordinaria. A Estrada cuenta con 51 parroquias y Santa Mariña de Agar forma parte, además, de ese patrimonio románico que salpica este territorio de iglesias, capillas y huellas de una historia que se resiste a desaparecer.
Pero más allá de los datos, de la historia y del patrimonio, hay algo mucho más difícil de explicar:
la sensación que produce estar aquí.
Esto parece otro mundo.
Un mundo verde, húmedo, agreste y silencioso. Un mundo de caminos, árboles, prados, casas, huertas y pequeñas iglesias. Un mundo en el que todavía se puede coger una manzana directamente del árbol y comérsela sin más ceremonia.
Aquí se respira aire puro.
Pero también se respira algo que quizá sea todavía más importante:
serenidad.
Estamos acostumbrados a vivir deprisa. Pendientes del teléfono, de las redes sociales, de los mensajes, de las noticias, del tráfico, de las obligaciones y de una tecnología que nos permite estar conectados con todo el planeta mientras, paradójicamente, cada vez estamos menos conectados con quienes tenemos al lado.
Por eso llegar a un lugar como este produce una extraña sensación.
Al principio cuesta.
Después engancha.
Y finalmente uno se pregunta por qué demonios no vivimos todos un poco más despacio.
Porque aquí parece que el reloj tiene otra medida.
O quizá es que aquí, sencillamente, el reloj importa menos.
La gente es el verdadero paisaje
Y si el paisaje de Agar es extraordinario, todavía lo es más su gente.
He tenido la inmensa fortuna de ser recibido con un cariño y una hospitalidad que no olvidaré fácilmente.
Sonia y Víctor me han hecho sentir desde el primer minuto como uno más de la familia. Han sido todo atenciones, cercanía, amabilidad y afecto. De esas personas que no necesitan grandes gestos para hacerte sentir bien porque su manera de recibirte ya es, por sí misma, un gesto enorme de generosidad.
Y luego está Olegario.
Noventa y un años.
Pero Olegario no es simplemente un vecino de Agar ni una de esas personas entrañables que uno tiene la fortuna de conocer durante un viaje.
Olegario es el padre de Fina, el suegro de Manuel Sixto y el abuelo de Sonia.
Y esa circunstancia hace que su presencia en esta historia tenga para mí un significado todavía más especial.
Fina, su hija, fue durante tantos años compañera de vida de mi amigo Manolo. Una mujer a la que tuve la suerte de conocer y que dejó una huella profunda en quienes la quisimos y la tratamos. Hace casi tres años que, desgraciadamente, nos dejó.
Y hablar de Fina aquí resulta inevitable.
Porque hay personas que no necesitan estar presentes para seguir estando.
Fina era una mujer alegre, dicharachera, cariñosa, cercana, de esas personas que llenan un espacio simplemente con su presencia. Tenía esa capacidad tan especial de hacerte sentir bien, de arrancarte una sonrisa, de convertir una conversación cualquiera en un momento agradable.
Su ausencia sigue doliendo.
Y quizá por eso contemplar ahora a Olegario, su padre, y compartir con él conversaciones, momentos y recuerdos tiene también algo de encuentro con Fina.
Como si una parte de ella siguiera estando aquí.
En su padre.
En su hija Sonia.
En Manolo.
En los recuerdos.
En las historias que se cuentan.
En las risas que todavía aparecen cuando alguien pronuncia su nombre.
La vida tiene esas cosas. Nos arrebata físicamente a personas que queremos, pero no consigue llevárselas del todo. Porque mientras alguien las recuerde, mientras alguien hable de ellas con cariño, mientras una anécdota vuelva a provocar una sonrisa, siguen formando parte de nosotros.
Y Olegario es, en cierto modo, uno de esos maravillosos puentes entre el pasado y el presente.
Noventa y un años.
Toda una vida metida en la memoria.
Un hombre de esos que ya no deberían desaparecer nunca porque pertenecen a una generación que conoció el sacrificio, la emigración, el trabajo duro y las dificultades de una vida que no siempre fue amable.
Olegario me cuenta su pasado.
Y mientras habla, uno entiende que detrás de cada arruga hay una historia y que detrás de cada historia hay también un país que hemos olvidado demasiado deprisa.
Su vida no fue fácil.
Trabajó, emigró, luchó y salió adelante.
Y ahora, con sus noventa y un años, vive aquí, en su tierra, feliz. Cercano. Amable. Cariñoso. Conversador.
Un hombre que ha conocido mucho mundo y que, sin embargo, parece haber encontrado la felicidad precisamente aquí, en este pequeño rincón de Galicia.
Quizá porque al final de nuestras vidas descubrimos que la felicidad no estaba tan lejos.
Quizá estaba justamente donde siempre estuvo.
El mundo rural: un patrimonio que no podemos perder
Y es aquí donde uno empieza a pensar en la importancia del mundo rural.
Durante demasiado tiempo hemos hablado de la España vaciada, de la despoblación, del envejecimiento, del abandono de los pueblos y de la desaparición de determinadas formas de vida.
Pero a veces hablamos de todo ello utilizando únicamente estadísticas.
Habitantes.
Kilómetros cuadrados.
Porcentajes.
Censos.
Y olvidamos lo fundamental.
Detrás de cada pueblo hay personas.
Personas que guardan una memoria.
Una manera de hablar.
Una manera de cocinar.
Una manera de celebrar.
Una manera de relacionarse.
Una manera de entender la vida.
Y todo eso también forma parte de nuestra riqueza.
El mundo rural no es un decorado para que los urbanitas vayamos de fin de semana a hacernos fotografías.
Es mucho más que eso.
Es patrimonio.
Es identidad.
Es cultura.
Es gastronomía.
Es memoria.
Es naturaleza.
Y, sobre todo, es una forma de entender la existencia que quizá nosotros, los que vivimos permanentemente acelerados, deberíamos recuperar.
Porque hay cosas que no aparecen en Google.
Hay cosas que no caben en una pantalla.
Y hay conocimientos que solamente se transmiten sentándose al lado de un hombre de 91 años y escuchándolo hablar.
Y luego llegan las fiestas
Pero si hay algo que demuestra hasta qué punto las parroquias gallegas siguen siendo comunidades vivas son sus fiestas.
Tuve la oportunidad de disfrutar de la celebración de San Lois y descubrí una de esas fiestas que explican mejor que cualquier discurso qué significa realmente la palabra comunidad.
En medio del prado aparece una carpa.
Y dentro, la gastronomía de siempre: pulpo, costillas asadas, churrasco…
Nada sofisticado.
Nada diseñado para Instagram.
Simplemente comida.
Comida hecha para compartir. Para sentarse juntos. Para hablar. Para reír. Para reencontrarse.
Y ahí está, precisamente, una de las grandes riquezas de estas celebraciones.
La fiesta no pertenece a una institución.
La fiesta pertenece a los vecinos.
Son ellos quienes la mantienen viva, quienes colaboran, quienes organizan, quienes preparan, quienes pagan, quienes cocinan y quienes, año tras año, consiguen que una tradición continúe.
Después llega la misa.
Y, sin entrar en consideraciones religiosas —cada uno tiene sus propias convicciones—, resulta imposible no reconocer el enorme valor cultural y social de estas celebraciones.
Porque alrededor de una iglesia, de una capilla o de un santo se ha construido durante generaciones una parte importantísima de la memoria colectiva de nuestros pueblos.
Y cuando termina la parte más solemne, llega la música.
Y entonces uno descubre otra Galicia.
Las orquestas.
¡Qué espectáculo!
Luces, sonido, pantallas, músicos, cantantes…
Una producción que podría competir perfectamente con la de muchas fiestas de capitales de provincia.
Y allí están los vecinos.
Los jóvenes.
Los mayores.
Las familias.
Todos juntos.
Bailando.
Charlando.
Disfrutando.
Porque una verbena gallega no es simplemente música.
Es una forma de encuentro.
Una manera de decirle al vecino:
“Aquí seguimos”.
Volver a mirar lo que tenemos
A veces necesitamos alejarnos de nuestra propia vida para descubrir lo que habíamos dejado de mirar.
Eso me ha sucedido aquí.
He venido a Galicia invitado por un amigo de toda la vida y me marcharé con mucho más de lo que esperaba.
He recorrido caminos con Manolo.
He visitado Santiago de Compostela.
He disfrutado de su gastronomía.
He descubierto paisajes.
He compartido mesa.
He conocido personas.
He hablado durante horas.
Y he reído.
Mucho.
Quizá porque Manolo y yo compartimos también una circunstancia que nos ha unido todavía más: los dos somos viudos.
Y quizá por eso sabemos que la vida, cuando te da la oportunidad de regalarte unos días de felicidad, no hay que pensárselo demasiado.
Hay que cogerla.
Y disfrutarla.
Porque la vida tiene la extraña costumbre de recordarnos, a veces demasiado tarde, que los momentos verdaderamente importantes no siempre son los grandes acontecimientos.
Muchas veces son una conversación.
Una mesa.
Una risa.
Un paseo.
Una copa.
Un plato de pulpo.
Una tarde sin reloj.
Una persona que te abre las puertas de su casa y consigue que te sientas como si llevaras toda la vida entrando por ellas.
Esta semana me la guardaré en ese lugar de la memoria donde uno conserva las cosas verdaderamente importantes.
Me la guardaré con el cariño de haber sido recibido como un amigo y tratado como alguien de la familia.
Me la guardaré con el rostro de Sonia.
Con la sonrisa de Víctor.
Con las conversaciones de Olegario.
Con el recuerdo entrañable de Fina.
Con las risas de Manolo.
Con el sabor del marisco de Santiago.
Con el pulpo de la fiesta.
Con el olor de los prados.
Con el sonido de las orquestas.
Con el silencio de los caminos.
Y con esa sensación maravillosa de haber encontrado, por unos días, un lugar donde nadie parece tener demasiada prisa.
Quizá por eso, cuando vuelva a San Fernando, llevaré conmigo una certeza.
Hay lugares que no necesitan grandes monumentos para ser extraordinarios.
Les basta con tener árboles, caminos, una pequeña iglesia, un prado, una fiesta, una mesa y personas que todavía saben mirarte a los ojos cuando hablan contigo.
Agar es uno de esos lugares.
Un pequeño rincón de A Estrada.
Un pequeño rincón de Galicia.
Un pequeño rincón del mundo.
Pero también, y esto es lo verdaderamente importante, un lugar donde todavía parece posible vivir despacio.
Y cuando uno ha descubierto algo así, ya no puede hacer otra cosa que volver.
Porque quizá la felicidad no consista en buscar nuevos lugares.
Quizá consista simplemente en regresar a aquellos donde, por un instante, volvimos a encontrarnos con nosotros mismos.










